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Rayo Verde Editorial

Narrativa y pensamiento en castellano

«El momento más hermoso», de Amanda Mijalopulu

«El momento más hermoso», un cuento de Amanda Mijalopulu incluido en Me gustaría, el libro con el que obsequiaremos a nuestros primeros suscriptores.
—¿No tendrá uno para mí?
Empuja la tabaquera hacia mí. La aguja de su reloj grita vete, vete, vete.
—Gracias.
—¿Quiere fuego también?
—Si no es mucha molestia…
Se agacha lentamente. Seguramente la barriga le estorba. El mechero se le escapa de las manos y cae en la alfombra sin hacer ruido.
Me agacho y busco a tientas.
—No se preocupe, ya lo tengo…
El mechero arde. Aún está caliente de su mano.
Vuelve a sentarse en el sofá, se hunde en él, y luego suspira.
—¿Tiene pulmones para fumárselo?
Su ironía. Tienes que aguantarla, incluso aprobarla, si quieres que te haga un mínimo de caso.
—¿Qué le ocurre? ¿Está llorando?
—No, me ha entrado humo en el ojo…
Cuanto más me froto el párpado, más me lagrimea el ojo.
—Y supongo que no llevará un pañuelo en el bolso. Las chicas de hoy en día ya no llevan pañuelos.
—¿Cree que el mundo era mejor antes? ¿Cuando las chicas llevaban siempre pañuelos bordados?
—¡Buena jugada! Esperar a que su interlocutor diga algo y desarrollar su reflexión hasta el infinito. Y luego va de periodista y vende nuestra charla como una entrevista.
No sé adónde mirar. La habitación es pequeña. Solo hay una alfombra china con ramas de almendro, una mesa, un sofá y nosotros. Y una biblioteca básica en la pared: Visinós, Foucault, Guy de Maupassant. Todos hombres, todos locos. Los libros que le envían sus jóvenes admiradores, los editores que esperan publicar algún día sus obras completas y demás pirados, los regala o los tira. La única frase suya que me apunté: «Los hombres inofensivos escriben libros peligrosos. Los abres al azar y te entran ganas de matar al hombre inofensivo que los ha escrito, para que no lo deje todo perdido. La tipografía es una infección. Una herida».
Después de aquello la cosa fue de mal en peor. Le dije que la mediocridad es tan necesaria como la genialidad, y empezó a toser de una forma tan persistente que pensé que se le iba a salir algo de la faringe. Le pregunté si quería que le trajera un poco de agua. El agua es para los sedientos, me dijo, y su sed estaba abrevada. No le entendí muy bien.
—¿Cómo dice? —pregunté.
Se levantó y fue hacia la biblioteca —más bien, rodó hasta ella, de lo bajito y rechoncho que era—. Cogió el diccionario de Dimitracos y fijó los ojos en él.
—Abrevar —leyó con su voz atronadora—. Saciar, satisfacer completamente en las cosas del ánimo. Del latín, ad bibere. He aquí otra palabra que debería aprender. Adocenar. Caer o permanecer alguien en estado de mediocridad.
Empezó una lluvia de guantazos. El hecho de estar encerrados y el nerviosismo acumulado me hicieron bostezar —pensó que me estaba aburriendo—. Le pregunté si estaba escribiendo algo en aquel momento, me dijo que era una indiscreta. Le pedí un cigarrillo y terminamos discutiendo sobre el desarrollo de las reflexiones hasta el infinito.
Desde niña soñaba con conocerlo. Leía sus relatos medio tumbada en el sofá de lana de cuadros con botones grandes, y cuando me adormilaba soñaba con pinos que crecían del revés o con peces que lloraban. Sus libros, abiertos sobre mi pecho, me aceleraban los latidos del corazón. Me imaginaba, como en una película, su biografía, escrita al final de sus libros. Y desempeñaba todos los papeles. El del niño escritor que empezó a trabajar en periódicos para sacar adelante su familia cuando le mataron al padre durante la ocupación. El del padre muerto y el de la madre despótica que se quedó sola. El de la primera esposa, que tenía mucho dinero y le aseguró las condiciones necesarias para que pudiera escribir. El de la segunda esposa, que le hizo aborrecer a las mujeres. El de su primer amante. El de su editor. El del Gran Escritor que, en el funeral del editor, declaró: «Despedíos de los auténticos editores».
Mi deseo de imitarlo me llevó hasta el periódico donde ahora trabajo. De esa forma yo también encontraría a hombres y a mujeres a quienes amar y odiar con pasión, y luego los desmenuzaría según las necesidades de cada relato. Cuanto más me preparaba el terreno para conocerlo, especializándome en la literatura, dedicando horas y horas al estudio riguroso, más me resistía. Y así pasaron ni más ni menos que diez años.
Tuvo que ser mi jefa de departamento quien me pidiera que solicitara una entrevista con él. A la semana me lo volvió a recordar con tono imperioso. Cuando concerté la cita por teléfono, la voz me temblaba. Había hecho miles de entrevistas a poetas, ensayistas, traductores, escritores. Había ido a cientos de casas llenas de bibliotecas, cuyos propietarios creían en las palabras más que en cualquier otra cosa. Había encontrado decenas de trucos para introducir un tema o eludirlo, incluso para sepultarlo en el olvido. En el periódico todo el mundo decía que mis entrevistas tenían «algo»: la curiosidad patológica de un ser que viene de otro planeta y que intenta entender las costumbres humanas. Me habían ascendido no hacía mucho. No paraban de encargarme entrevistas —no solo con escritores, sino también con políticos, deportistas, economistas—. Y yo desempeñaba mis funciones con éxito; mucha gente compraba el periódico solo por mis entrevistas. No sé qué les hacía confiar en mí de esa forma. Me decían el tipo de cosas que la gente piensa después de un funeral, cuando la mente se aclara y se queda solo con lo elemental.
—Adocenar —repite, y me lanza una mirada burlona—. A ver. ¿Se acuerda de lo que significa?
—Le debo de parecer mediocre, ¿verdad?
Es lo que se llama táctica defensiva-ofensiva. Me resultó muy útil con un armador autodestructivo.
—De lo más mediocre. Hace lo imposible para crearse una apariencia de sabiduría, pero a mí no me va a embaucar, querida.
—¿Querida? Antes utilizaba esa palabra para no tener que poner nombres a sus personajes. Se llamaban queridos los unos a los otros. Y se tiraban del pelo, como nosotros.
—Será por eso que me he quedado sin un pelo —dice, acariciándose el cráneo—. Pero veo que usted también…
—Es la quimioterapia.
Es lo que se llama táctica ofensiva-autocompasiva, mi última arma.
—Ya. Y ahora querrá que le pida perdón, de lo más afectado, ¿verdad?
Quiero que me cure, como a los personajes de su relato «Sanos y caminantes». Habían descubierto una especie de psicoterapia mágica: los pacientes se libraban de sus síntomas psicosomáticos volviendo al momento en el que habían proferido su primera disculpa.
—No pasa nada —intento reírme, pero finalmente resoplo por la nariz—. Aquí estoy, sana y caminante.
—Veo que ha hecho los deberes. ¿Cuánto tiempo le ha robado reseguir toda mi bibliografía? ¿Un fin de semana? ¿O incluso menos?
Toda una vida. Una vida de veneración, un fin de semana de desengaño. Me encojo de hombros.
—¿Es importante eso para usted?
—En absoluto. Hablaba por hablar. Disculpe.
Se encierra en el baño. Hora de estirar las piernas y de hacer una pequeña investigación al azar. Abro tres libros para ver si toma notas, si subraya —los trucos que improviso con los más herméticos—. Nada. Sus libros están impolutos, impecables. El único toque de estética en su despacho es un gato de porcelana de color azul celeste que juega con un ovillo de lana y sujeta las facturas del teléfono y de la electricidad. Más bien escasas. No debe de hablar mucho por teléfono. Ni tampoco debe de cocinar ni encender las luces.
Se oye un batacazo. Algo se menea, se arrastra y vuelve a menearse.
—¿Se encuentra bien?
Me acerco al baño y aguzo el oído. No se oye nada. La habitación parece más grande y más acogedora de lejos, sin nosotros. Estoy a dos o tres pasos del final del pasillo, donde debe de estar su dormitorio. Empujo la puerta con suavidad. Veo algo que parece una oreja de elefante. Es el final de la cama, impecablemente hecha, cubierta solo con una manta lisa, de color gris. El color de la manta, la ausencia de arrugas me recuerdan a sus historias. La sobriedad ya no me convence; expresa el miedo a la pasión, no el miedo a lo innecesario, como creía.
Se oye un alarido.
—¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?
El alarido se apaga y se oye de nuevo algo que se arrastra.
—Me he resbalado —lloriquea.
—¿Qué quiere que haga?
—Que abra esta condenada puerta.
La empujo con todas mis fuerzas, pero la bloquea con el cuerpo. Doy una patada. Varios codazos. Puñetazos. Cojo carrerilla y empujo con todo el cuerpo. La madera hace ruidos sordos. Para tomar coraje recuerdo los peores momentos de nuestra conversación en el salón. Me imagino que golpeo al Gran Escritor.
—Me he quedado encerrado, maldita sea —dice.
—¿No puede alargar el brazo y hacer girar la llave?
—Si pudiera hacerlo, no me encontraría en esta situación tan ridícula.
—¿Se ha hecho daño?
—No lo sé —responde, agonizando.
Me gustaría decirle que sus huesos están bien protegidos debajo de tanta grasa, pero eso sería una ocurrencia más propia de él que de mí. Ahora ya no necesito competir con sus ocurrencias.
—A lo mejor debería llamar a alguien.
—No, quiero levantar las caderas. Luego… levantaré la mano y…
—A ver, paso a paso. Primero las caderas. ¿Está boca arriba? ¿Puede levantarse sobre los codos?
—No tengo ni idea de la postura en la que me encuentro. Lo único que sé es que oigo el reloj muy cerca del oído, y que su sonido me está exasperando.
El reloj que antes decía vete, vete, vete, ahora dice ven.
—Imagínese una postura. Y muévase según ella.
Jadea.
—No he acertado.
—Imagínese otra.
La llave se mueve y el Gran Escritor ruge.
—¿Qué ocurre ahora?
—¡Pues que se ha me caído de la cerradura! ¡Seré bobo! No podía girarla. Me habría roto algo.
—¿Puede pasarla por debajo de la puerta?
Primero aparecen los dientes de la llave, luego la parte lisa, con el agujero más bien inútil en el centro. Giro la llave en la cerradura. Bloquea la puerta con el zapato. Apartándole el pie, libero la entrada. Entro de la única forma posible: a empujones.
Está tumbado sobre los azulejos del baño, boca abajo, en una postura de lo más particular. Lleva el cinturón del pantalón desabrochado, el pantalón bajado hasta los muslos, afortunadamente los calzoncillos son blancos, y eso me permite imaginarme que son la continuación natural de la camisa blanca. Intento no mirar los trozos de carne que se ven aquí y allí, me da vergüenza que existan, me da vergüenza que el Gran Escritor tenga cuerpo.
Le doy la vuelta y lo arrastro por los zapatos hasta el dormitorio. La dirección del movimiento le sube aún más la camisa. El pito pequeño y arrugado tiembla ligeramente. Me arrepiento de todo, de los malos pensamientos, de los míos y de los suyos, solo pido a Dios que me quite de la vista esa cosa desamparada. Y como Dios no hace nada, alargo el brazo y le bajo la camisa por ambos lados como si fuera un telón.
—Gracias —me dice. Sus ojos son profundos y húmedos—. Gracias, hija.
Y entonces vuelvo a ser una niña. Miro hacia atrás y pienso en mi vida de una forma natural, elemental.

—Es lo que deseaba más en el mundo —digo, sorbiendo el whisky.
—¿Y qué pasó? —me pregunta, sorbiendo el suyo con tragos pequeños.
—Ya sabe, la vida…
—No, no lo sé.
No le gusta sentirse coaccionado. He aniquilado su autosuficiencia, ahora él aniquila la mía.
—De acuerdo, la vida no. Mi hermana mayor.
—¿Qué hizo? —dice el Gran Escritor, soltando una risa estrepitosa—. ¿Le prohibió que escribiera?
—Más o menos.
Miro por la ventana del dormitorio. Fuera, más allá de las nubes, unos melocotones enormes se pudren.
—¿Y eso cómo se hace? Y si lo hizo, ¿por qué no escribió sobre eso?
—Sí, ya, la literatura del fracaso…
—En vez del fracaso de la literatura.
Cuando meta un pie en el ascensor ya se habrá olvidado de mí. Solo seré un ejemplo de infructuosidad, nada más.
—Hace dos semanas cumplí setenta —dice. Alisa aún más la manta gris a la altura de las piernas y dibuja en ella su reflexión formando círculos—. Todos los días, al levantarme, me pregunto cuál es el sentido de la vida. En los momentos difíciles pienso que hay algo que nos mueve. En los buenos, que nosotros movemos ese algo. Como los gatos que persiguen el ovillo y se creen que el ovillo está vivo, cuando en realidad son ellos quienes lo mueven, ¿sabe?
No, no lo sé. Ya no presto atención a los detalles que me ayudarían a reconducir la situación. Diré que no me ha concedido la entrevista. Que no me ha abierto la puerta.
—Usted es joven —continúa—. Abre una puerta y ahuyenta los pensamientos. Pero llega un momento en que los pensamientos vienen solos. Abres el horno, pensamientos. Abres una carta, pensamientos. Levantas la tapa del retrete, y ya ni te cuento.
Se ve envuelto en una oleada de risa nerviosa. La risa se me contagia. El Gran Escritor da golpes con las palmas de la mano en la manta. Yo con los pies, al suelo.
—Ay, sí, la tapa del retrete…
—¿Cuántos años tiene? —me pregunta de golpe y porrazo.
—Treinta.
—¿Sabe lo hermoso que es?
—¿El qué?
—Tener treinta años —suspira—. Es el momento más hermoso.
Ha oscurecido. Tendríamos que encender la luz. La silueta del Gran Escritor se mueve encima de la cama.
—Acérquese. Se me ha ocurrido una idea. ¿Quiere que nos abracemos? Por favor, no me malinterprete. Ya sabe que yo… Ya lo sabe. Todos los datos sobre mi vida han sido objeto de chismes.
—¿Qué me está pidiendo exactamente?
—Un abrazo humano. Nadie abraza a la gente mayor. Y al final acabas creyéndote que no lo necesitas, que puedes vivir sin. Porque, al fin y al cabo, tampoco te queda mucho.
—No hable así.
—Acérquese. Tomaré algo suyo. Y usted tomará algo mío.
—¿Por ósmosis?
—¿Por qué no?
Apuro el whisky y subo a la cama. Dejo que me palpe la espalda.
—Es extraordinario —susurra—. Tiene espalda.
El cuello le huele a whisky y a pan tostado caliente. Me estrecha durante unos segundos infinitos. Yo también lo estrecho con todas mis fuerzas, porque sé que mi cuerpo es independiente, que pronto se separará del suyo. Luego me da dos o tres golpecitos en el ala del omóplato.
—Bueno, eso ha sido… —Está buscando las palabras.
—¿Qué?
—Eso ha sido algo que solo ocurre en los relatos.
—Sí, pero ha ocurrido.
—¿Ha ocurrido? ¿En serio cree que ha ocurrido?
La oscuridad se ha vuelto de lo más densa alrededor nuestro.
No sé qué espera que diga.

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